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  Jorge González Paredes

Los motivos del autor

Una locura, pensaréis... y no os falta razón. El caso es que con mucho dolor tuve ganas de dejarlo, pero una noche, mientras dormía en el gélido suelo de la cocina del albergue de Ribadixo de Abaixo, tuve tan claro que quería llegar a Santiago que ya nada pudo pararme. Llegué finalmente con Lartaun y algún amigo más que me hice durante la ruta, y sólo os puedo decir que la emoción que sentí cuando llegué a la Plaza del Obradoiro y a la Catedral fue indescriptible. No sé si el Santo me perdonó todos mis pecados o que, pero fue tan mágico que en ese momento supe que no sería la última vez que lo haría.

Y así ha sido. Ha pasado mucho tiempo desde entonces, tantos años como Caminos he repetido. Si me preguntáis por qué, no sabría responderos exactamente: por divertirme, por desconectar, por tener unas vacaciones distintas, por disfrutar de la gastronomía, por encontrarme a mí mismo o por alejarme cuando no estoy bien, por pasar tiempo con mis amigos o por conocer gente nueva... Lo he hecho sólo, en grupo, en pareja y jamás he tenido la sensación de que he perdido el tiempo. Dicen que no hay un Camino, sino tantos como peregrinos y yo añado más: incluso para uno mismo, cada experiencia es única, irrepetible y mágica. Nunca dejará de sorprenderme.

A lo largo de estos años me he encontrado con personas que lo han hecho por muchos motivos: fe, promesas, deporte, superación, amistad, amor, turismo, moda, conocer lugares distintos o incluso por error. Unos lo hacen con la mochila al hombro, la más común, con poco equipaje y menos dinero. Otros buscan los mejores restaurantes y alojamientos, disfrutar al máximo de la gastronomía y la cultura que sale a tu encuentro en cada pueblo y ciudad. Yo he vivido las dos experiencias. Pero hacedme caso, sobre todos estos deseos, intenciones y retos, sobre todos esos Caminos distintos, subyace algo mucho más importante. Por encima de lo que tu planees, el Camino es como tu vida, nunca sabes lo que te va a deparar. Quizá sea esta la magia de la ruta de las estrellas, testigo de millones de peregrinaciones desde hace siglos. Que uno siente pasar las claves de su vida por delante de sus ojos: la diversión, la amistad, el dolor, el sufrimiento, el cansancio, la superación, la belleza, el amor, el placer... Y cuando llegas a Santiago es como si todo, sin saber por qué, se resolviese, como si todo lo que has vivido esos días adquiriese un sentido. Es una sensación de plenitud difícil de explicar, pero compartida por todos lo que lo hacemos. Y por eso repetimos.

 
La primera vez que hice el Camino de Santiago fue en el año 2003. Un buen amigo, Lartaun, se había cogido la mochila al hombro en Roncesvalles y se disponía a afrontar sólo los 750 kilómetros que tenía por delante con la compañía de los amigos que quisieran sumarse en cualquier etapa. Así que no me lo pensé mucho y decidí unirme a él en Ponferrada, la capital del Bierzo, a 200 kilómetros de Santiago de Compostela. No me pareció demasiado, siempre he hecho deporte así que pensé que lo tenía fácil... pero me equivocaba. Tres etapas después, me ví sentado en un hospital de Sarria con 35 ampollas en los pies y una enfermera gritándome “fillo del diablo” (hijo del diablo en gallego) mientras me conminaba a dejar el Camino en ese mismo instante. Pero yo ya no podía parar, así que desoyendo consejos médicos y con los pies en carne viva, me puse de nuevo las zapatillas y tras un día de descanso ya estaba de nuevo peregrinando.
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